Dagón: la carta con la que Lovecraft inventó el horror cósmico (y que para mí es puro trauma de guerra)

Un náufrago en uniforme naval camina por una llanura infinita de fango negro hacia un monolito antiguo

Hace poco terminé el juego de Dagón que tienen en GOG, y como buen curioso de los Mitos, terminé releyendo el cuento original de Lovecraft. Es cortito —no llega a las diez páginas— pero les juro que me dejó pensando varios días. Y no tanto por los tentáculos: por lo que creo que en realidad está contando ahí debajo.

¿De qué trata Dagón? (aviso de spoilers)

¡Ojo! Lo que sigue tiene spoilers del cuento completo, incluido el final. Dagón es de 1919, está en dominio público y se lee en veinte minutos, así que si no lo han leído, aquí lo tienen gratis y nos vemos en un rato.

Dagón es, en el fondo, una carta de despedida. Un narrador sin nombre escribe sabiendo que esa misma noche se va a suicidar, y antes quiere dejar constancia de lo que lo persigue. Todo empieza durante la Primera Guerra Mundial: como oficial de un buque mercante, cae prisionero de un buque alemán, pero logra escapar en un bote salvavidas. A la deriva y sin rumbo, se queda dormido convencido de que va a morir. Cuando despierta, el mar desapareció: un cataclismo sísmico levantó del fondo oceánico una llanura de fango negro y pútrido que se extiende hasta donde alcanza la vista.

El narrador camina días por ese páramo hasta llegar a un cañón, donde encuentra un monolito cubierto de tallas: criaturas batracias, de labios gruesos y ojos saltones, entregadas a ritos frente a dioses marinos. Mientras las examina a la luz de la luna, un ser colosal emerge del agua y abraza el monolito. El narrador huye enloquecido y despierta semanas después en un hospital de San Francisco, sin memoria de cómo llegó ahí.

Desde entonces vive atormentado, sostenido apenas por la morfina, seguro de que la criatura viene por él. Y esa misma noche, mientras escribe estas líneas, algo golpea su puerta:

«¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!»

Y ahí se corta el relato. No sabemos si lo mató el monstruo o su propia mente.

El dato que cambia todo: esto lo escribió en pleno 1917

Dagón lo escribió H. P. Lovecraft en julio de 1917, en caliente, con Estados Unidos recién metido en la Primera Guerra Mundial (abril de ese año). Se publicó primero en noviembre de 1919 en la revista The Vagrant, y años después en Weird Tales. Es, además, la primera vez que Lovecraft mete un elemento reconocible de lo que después sería el Mito de Cthulhu: un dios marino primigenio adorado por una raza no humana, semilla directa de relatos como La sombra sobre Innsmouth.

Un dato que me parece clave: Lovecraft era un ferviente partidario de los Aliados y intentó alistarse, pero no pasó el examen físico. O sea que escribe Dagón frustrado por no poder ir al frente que consumía todos los periódicos de ese verano.

Por qué creo que Dagón es, ante todo, un relato de guerra

Aquí va mi lectura, y se las dejo para que la discutan: creo que Dagón encarna el horror del campo de batalla, la amenaza de devastación total de la Primera Guerra Mundial y la corrupción moral y psicológica de una sociedad puesta al límite.

No es solo una corazonada. El propio protagonista es un militar activo capturado por el enemigo en pleno conflicto; su trauma nace de un episodio bélico antes de derivar en lo sobrenatural. Y el paisaje que descubre —una llanura fangosa, pútrida, infinita, sembrada de peces en descomposición— se parece muchísimo a la imaginería de la Europa devastada de esos años. Algunos análisis (como el de la newsletter El Cuervo Errante) leen directamente ese «páramo de lodo negro» como una representación subconsciente de las trincheras: para un lector de 1917, esa llanura de fango y muerte remitía casi de inmediato a los campos de batalla europeos.

Hay una frase del propio cuento que sostiene esto casi al pie de la letra: el narrador imagina el día en que esos seres arcaicos emerjan del mar para llevarse a los «endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra». Ahí Lovecraft conecta el horror cósmico con el agotamiento bélico de la civilización sin ninguna metáfora de por medio: la amenaza de Dagón no reemplaza a la guerra, la continúa y la corona.

¿Y la morfina, entonces?

Ahora, para ser honesto: hay una segunda capa que Lovecraft deja igual de explícita y que no quiero pasar por alto. El propio narrador aclara desde la primera línea que es la falta de droga, no la guerra en sí, lo que lo empuja al suicidio esa noche. Y el propio Lovecraft describió el relato, en una carta de 1917, como una «alucinación de lo más espantosa».

Para mí esto no contradice la lectura bélica, la enriquece: la guerra sería la herida original y la morfina el síntoma con el que el protagonista intenta taparla. La criatura, entonces, sería la fusión de ambos horrores —el de las trincheras y el de la adicción— en una sola imagen imposible de separar. Esa ambigüedad deliberada es, creo, justo lo que Lovecraft buscaba: años más tarde escribió que en Dagón mostraba «un horror que puede aparecer, pero que todavía no ha hecho ningún esfuerzo por hacerlo».

Un cuento breve, pero fundacional

Con menos de diez páginas, Dagón funciona como bisagra: es testimonio de guerra, confesión de un adicto y acta de nacimiento del cosmicismo lovecraftiano, la idea de que somos una nota al pie insignificante frente a fuerzas antiguas e indiferentes. Si quieren entrar de lleno al universo del autor, les dejo por acá mi artículo sobre H. P. Lovecraft: el arquitecto del horror cósmico, donde cuento cómo este cuento desemboca en todo lo demás.

¿Ustedes qué creen, se quedan más con la lectura de la guerra o con la de la locura y la adicción? Léanlo (son veinte minutos, se los prometo) y cuéntenme en los comentarios qué les pareció ese final.

Fuentes: Wikipedia: Dagón (relato) · El Espejo Gótico: análisis de Dagón · El Cuervo Errante: por qué Dagón es la piedra angular de Lovecraft · Fabulantes: Dagón, el horror cósmico en el abismo del océano · Texto completo en Apocatastasis · Biografía de Lovecraft, Fnac

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