Arrullo, entrega 5: Las notas de Frank

Arrullo — Expediente LN-36, entrega 5 de 8: Las notas de Frank.

Arrullo — Expediente LN-36 · Entrega 5 de 8. Índice del expediente

¿Llegas tarde? Empieza por la entrega 1.


Pieza 9 — Notas de voz de Frank Mercer (1–3)

Transcripción traducida del inglés. Los fragmentos que Frank dice en español se conservan tal cual.

NOTA DE VOZ 1

Fecha: 10/03/2036 · Hora: 23:14 · Duración: 00:07:02
Origen: terminal de F. Mercer · Destino: contacto de seguridad · Cifrado: sí

[Zumbido de un aire acondicionado viejo. Lluvia contra la ventana. Una moto que pasa y se pierde.]

FM: Prueba. [pausa] Bien.

Te voy a mandar una de estas cada noche. Si una noche no llega, no me escribas, no me llames. Espera a la siguiente. Si tampoco llega la siguiente… ya sabes. Lo hablamos.

[pausa, 4 s]

Estoy en Quinindé. Llegué hoy. Bus directo desde Quito. Cuatro horas, y la primera se te va en salir de la ciudad. Después bajas de la sierra por entre la neblina del bosque, y cuando se acaba la neblina el aire se te pone encima como una toalla mojada. Veintisiete grados a las once de la noche, y con esta humedad se sienten como treinta y tantos. El aire acondicionado hace mucho ruido y poco más.

El hotel se llama… no importa cómo se llama. La señora de la recepción me dio la llave y me dijo que no saliera después de las diez. No lo dijo como una advertencia. Lo dijo como quien te dice a qué hora sirven el desayuno.

[pausa, 6 s]

Te debo una explicación, ¿no? Me la pediste en el aeropuerto y no te la di.

Conocí a Daniel en Kabul. Agosto del veintiuno. Mi unidad estaba en el aeropuerto, en las puertas, sacando gente. Bueno… intentando. Había miles. Miles, del otro lado de la reja, con papeles en la mano, con niños en los brazos. Levantaban a los niños por encima de la gente para que los viéramos. Para que los agarráramos.

Algunos los agarramos.

[pausa, 5 s]

Daniel llegó una semana antes del final, como freelance, sin chaleco de prensa, sin nada. Un flaco de Nueva York con una libreta. Todos los periodistas escribían de los aviones. Él se quedaba en la reja. Hablaba con la gente que no iba a pasar. Les preguntaba el nombre. Lo anotaba. Le pregunté para qué, si no iban a salir. Me dijo: «Por eso».

Después del atentado… [pausa, 3 s] … el 26 de agosto, la bomba en la puerta del aeropuerto… él siguió viniendo. Todos los días. Yo no entendía cómo.

Cuando volvimos, me mandó el reportaje. Del otro lado de la reja. Leí los nombres. Había gente que yo había visto. Gente a la que yo le dije que no.

Desde entonces nos escribimos. Una cerveza cada vez que yo pasaba por Nueva York. Cuando me fui a Ucrania me mandaba libros que nunca leí. Yo fui su contacto de seguridad. Cada vez que se metía en algo feo, me escribía: «Si no sabes de mí en tres días, empieza a preocuparte». Nunca hizo falta. Hasta ahora.

[pausa, 4 s]

En noviembre me llamó. Raro. Daniel no llama, escribe. Y me llamó desde un número que yo no conocía. Me dijo que estaba con algo grande. Una empresa de Nueva York, una fundación, Ecuador. Niños. No me quiso decir más por teléfono. Me dijo que una mujer que lo estaba ayudando había muerto. Que no creía que se hubiera matado. Me pidió que, si se iba de viaje, estuviera pendiente.

Se fue en enero.

El tres de marzo me llegó esto. Te lo leo:

«Estoy en peligro. Los Arrechos me persiguen. Han amenazado con matarme esta noche. Tengo que huir. Voy a Quito a tomar el primer avión. Salgo de Chucaple. Don Carlos va a conseguir una moto para sacarme de aquí».

Es lo último.

Estuve tres días en Quito con dos amigos suyos. Llamamos a la embajada, a los hospitales, a la policía. Nada. No llegó a ningún avión. Nadie lo vio.

[pausa, 7 s]

Así que estoy aquí.

No vine porque crea que está vivo. Vine porque en Kabul había gente del otro lado de la reja y yo me quedé del lado de acá. No me voy a quedar del lado de acá otra vez.

[pausa, 3 s]

Mañana empiezo por los hospitales. Después, Chucaple. Busco a un tal don Carlos. Sin apellido. Daniel nunca ponía apellidos.

[pausa]

Una cosa más.

Hace como una hora, con la lluvia, pasó algo por encima del pueblo. Bajo. Despacio. Conozco ese sonido. Lo escuché dos años seguidos en el frente. Aquí nadie salió a mirar. Nadie.

[pausa, 5 s]

Desde Kabul fui su contacto de seguridad. Ahora tú serás el mío.

[Fin de la grabación]

NOTA DE VOZ 2

Fecha: 11/03/2036 · Hora: 22:47 · Duración: 00:08:15
Origen: terminal de F. Mercer · Destino: contacto de seguridad · Cifrado: sí

[Aire acondicionado. A lo lejos, música de una cantina que llega y se va con el viento.]

FM: Día uno.

Empecé por descartar lo peor. Aquí hay dos hospitales grandes: el del Ministerio, en el centro, y el del IESS, en El Nuevo Quinindé. Fui a los dos apenas abrieron. Dije que buscaba a un familiar. Mostré la foto de Daniel. Pregunté por cuerpos sin identificar de la última semana.

Conozco ese protocolo. Demasiado bien.

Nada. Ningún cuerpo sin identificar. Ninguno que se le parezca.

Eso debería haberme tranquilizado. No del todo. Un cuerpo que no aparece no es lo mismo que un cuerpo que no existe.

[pausa, 4 s]

Después, la policía. Un sargento joven me dejó ver lo que quiso dejarme ver de los partes de esos días. Dos asaltos a mano armada en la vía a Esmeraldas. Un tiroteo cerca de un recinto que no ubiqué. Un reporte de «disturbios» en la zona rural de Viche, sin nombres, cerrado casi el mismo día que se abrió. Y un muchacho de veintipocos encontrado muerto el cinco, en La Unión, ya identificado y entregado a su familia.

Lo anoté. No sé bien por qué.

Le pregunté al sargento por los disturbios. Me dijo que eso ya estaba resuelto. Le pregunté resuelto cómo. Me miró un rato largo y me devolvió la carpeta.

Ese silencio lo he oído en otros países.

[pausa, 6 s]

Por la tarde tomé el bus hacia Esmeraldas. Dos carriles, a ratos cuatro. Unos kilómetros de asfalto nuevo y después los huecos de siempre, como si la plata se hubiera acabado a mitad de obra. Verde a los dos lados. Palma. Cacao. Más palma.

En cada reductor de velocidad hay muchachas paradas en medio de la vía, con bandejas de maduro con queso, que se acercan a las ventanas del bus antes de que frene del todo.

Me pasé de largo. Chucaple tiene un letrero chiquito y nada más; si no sabes que está ahí, no está. Me di cuenta cuando ya íbamos por Viche.

Pasando Viche hay un edificio nuevo, blanco, demasiado limpio para estar ahí. Un letrero con una luna dormida encima de una cuna: Centro Materno Arrullo. Tenía las luces encendidas a las cuatro de la tarde. No sé por qué te lo cuento. Me llamó la atención, nada más.

Me bajé en la siguiente parada y esperé un bus de regreso.

[pausa, 3 s]

En Chucaple pregunté por un don Carlos. Sin apellido. La mayoría negó con la cabeza demasiado rápido, o siguió caminando como si no me hubiera oído. Cerca de la escuela, una muchacha con un fogón a la orilla de la carretera, sin dejar de voltear los maduros, me dijo que sí conocía a un Carlos. Que debía ser ese. Me señaló un camino de tierra entre dos potreros.

Le di las gracias. Le dije «gracias, parce». Se rio. Me preguntó si yo era colombiano. Le dije que no, que aprendí el español con colombianos. No le dije dónde.

[pausa, 5 s]

La casa de los Tenorio está al fondo del camino. Madera, techo alto, gallinas, un perro que no ladró. Un hombre mayor salió antes de que yo llegara a la puerta. Manos ásperas. Ojos cansados. Me estaba esperando, o esperaba a alguien.

Le dije el nombre de Daniel.

No hubo sorpresa en su cara. Hubo reconocimiento. Y casi enseguida, cuidado.

Es él. Don Carlos.

Miró el camino por donde yo había llegado. Después miró hacia la casa. Como contando quién podía estar viendo. Me dijo, bajito: «Aquí no, mijo. Todavía hay gente que pregunta».

Quedamos en vernos mañana, en Quinindé. Él escoge el lugar.

No le pregunté nada más. Veinte años en el ejército te enseñan una cosa: cuando alguien acepta hablar, lo último que haces es empujar.

[pausa, 7 s]

Antes de irme vi a un niño en la puerta de la casa. Tres años, cuatro. Me miraba sin moverse. No me sonrió, no se escondió. Me miraba como se mira algo que está muy lejos. Movía los labios, despacio, como si hablara con alguien.

Don Carlos le puso una mano en la cabeza y lo metió adentro.

[pausa, 4 s]

Te pido algo. Tú tienes cómo averiguar estas cosas, y yo desde aquí no. Fíjate si Daniel aparece en algún registro de entrada o de salida de algún país después del tres de marzo. Cualquiera. Si aparece, me equivoqué en todo y me vuelvo a casa.

Si no aparece… [pausa] … igual me quedo.

[Fin de la grabación]

NOTA DE VOZ 3

Fecha: 12/03/2036 · Hora: 23:02 · Duración: 00:10:38
Origen: terminal de F. Mercer · Destino: contacto de seguridad · Cifrado: sí

[Aire acondicionado. Un perro que ladra lejos y se calla.]

FM: Día dos.

Don Carlos llegó a Quinindé con cuatro sacos de cacao en una camioneta prestada. Viene cada tanto a venderlos al centro de acopio. Nadie lo mira dos veces: un campesino más, con su cacao, comprando cosas para volver. Me dijo, medio sonriendo, que justamente de eso se trataba.

Lo esperé afuera del acopio. Cuando le pagaron, contó la plata dos veces. Le pregunté si estaba completa. Me dijo: «Completa, menos lo de ellos». No le pregunté quiénes. No hizo falta.

[pausa, 4 s]

Me llevó a un comedor de esos donde el menú es lo que hay ese día. Sopa y seco. Lo invité. Al principio hablamos de cosas simples. De Daniel. De cómo un flaco de Nueva York terminó cargando sacos de cacao y arreglando cercas en Chucaple, con una torpeza que daba risa. Don Carlos se rio al contarlo. Me dijo que la gente del campo es así, que a nadie se le deja ir con hambre, y que Daniel terminó comiendo en su mesa más veces de las que cualquiera de los dos se habría imaginado.

Por un rato, ahí sentado, casi me olvidé de por qué estaba en ese comedor.

[pausa, 6 s]

Después fuimos a la casa de una comadre suya, unas cuadras más allá. Ahí cambió todo.

Don Carlos tiene un nieto. Se llama Miguel. Es el niño que vi ayer en la puerta.

Nació sano. Parto normal, en el centro materno de Viche, el blanco. Gratis. Todo era gratis. A las tres semanas los médicos dijeron que el niño tenía un problema en el cerebro que todavía no se veía, que era mejor prevenir. Le pusieron un aparatito. Le hablaron a su hija de monitoreo, de prevención, de avanzada. Nadie entendió bien qué era. Solo que era gratis, y que los médicos eran extranjeros, y que sonreían mucho.

Su hija firmó. Y él firmó de testigo.

Me lo dijo mirando la mesa. «Yo también firmé, mijo. Con esta mano».

[pausa, 8 s]

Miguel creció bien un tiempo. Después empezó a cerrarse. No de golpe, como quien va cerrando una puerta detrás de otra. Dejó de mirar a la gente. Empezó a hacer ruidos que no eran palabras. Y el aparato le contestaba. Don Carlos lo dice así: «El aparato le contestaba». Con la misma voz del niño, repitiendo los mismos ruidos. Hablaban entre ellos. Los médicos venían, miraban sus pantallas, se miraban entre ellos.

Un día uno le dijo que los resultados «no eran computables». Así, con esa palabra. Como si un niño fuera una cuenta que no cierra.

Después lo apagaron. Desde lejos, dicen. Lo dieron de baja. Los médicos no volvieron.

[pausa, 5 s]

Le pregunté si ahora Miguel estaba mejor.

Tardó en contestar. Me dijo que el niño lo reconoce, a su manera. Que come, que duerme. Que no fue el peor de los casos, que hay otros niños peor.

Y después me dijo esto, bajito, y te lo digo tal cual:

«Dicen que lo apagaron. Pero él sigue hablando con alguien. De noche, sobre todo».

[pausa, 9 s]

La madre de Miguel trabaja en una extractora de palma, en Quinindé. No quiere hablar de esto con nadie. Don Carlos la entiende.

Daniel llegó en enero con un papel. Una copia del formulario, con la firma de su hija y la suya. Así los encontró. Don Carlos lo ayudó desde el primer día. No por plata. Quería que alguien supiera. Me dijo: «Que alguien pague, aunque sea con vergüenza. Porque cárcel aquí no hay para esa gente».

[pausa, 4 s]

Una cosa más. Le pregunté por las primeras brigadas, cuando llegaron. Se acordó de una doctora. Extranjera, pero hablaba como de Guayaquil. Iba por la carretera hablando con todo el mundo. Él le regaló una mazorca de cacao para que la probara. Le contó que su hija estaba por dar a luz. Ella le dijo que qué suerte.

No volvió a verla.

No sé quién es. Daniel me habló de una mujer que lo ayudaba y que se murió. No sé si es la misma. Te lo dejo.

[pausa, 6 s]

Antes de irse, don Carlos me dijo que hay otra familia en Zazara que pasó por algo parecido. Y que uno de los muchachos de allá fue el que sacó a Daniel en moto la noche del tres. Mañana me lleva.

Me pidió que no fuera solo hasta su casa. Que un conocido me iba a recoger en otro lado. Que yo no me preocupara por los detalles.

Cuando nos despedimos, en la calle, pasó un dron por encima. Alto. Él no levantó la cabeza. Yo sí.

Me dijo: «No los mire, mijo. Ellos sí lo miran a usted».

[Fin de la grabación]


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